La trágica revelación

Posted on mayo 7, 2008

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saturacion

Salgo a la terraza/ático del tercer piso de mi agencia en Barcelona. Miro al cielo. Inspiro y expiro aire como me enseñaron en las clases de Yoga a las que asistí con Bibiana, hace unos años, cuando aprendí lo que es un tensor en la autónoma de Madrid. Me digo a mi mismo que, hoy, no puedo más.

Son las diez de la noche. Llevamos una semana sin salir de la agencia a tiempo para encontrar una sola tienda del barrio abierta para reponer fruta, leche de soja y cereales. Hay una bola de pelusa gigante en el pasillo de mi casa a la cual estoy empezando a coger cariño. Mi novia anda perdida entre sms-s paupérrimos, llamadas cortas y excusas varias. Hace siglos que no cuelgo fotos en facebook. My Myspace está totalmente desactualizado. Nadie me ha visto por el messenger en las últimas semanas. Apenas he podido sincronizar un par de bookmarks con el móvil desde la última sesión de blogging que hice hace ya más de un mes. Y, lo peor de todo, no he encontrado tiempo para regar los geranios del balcón.

¿Que tipo de monstruosa sociedad estamos generando?

Respiro hondo. Me tranquilizo.

Pero la tranquilidad dura poco. Porque tengo encima de mi mesa una nueva propuesta de contenidos de valor añadido para un cliente, junto con un minisite de marca, redes sociales y networking también. De súbito caigo en la cuenta de que los clientes de mis clientes, que son mis amigos, deberán andar igual de saturados que yo. Lo cual significa que probablemente, difícilmente, encuentren tiempo para disfrutar de la web y las mandangas varias que les estamos preparando. ¡Que tragedia!

Decido guardarme esta trágica revelación -que hundiría instantáneamente todo el mundo de la publicidad conocido y por conocer- secretamente para mí. Regreso a mi lugar de trabajo para maquillar un Keynote o retocar un psd.

Una vocecita en mi interior me repite incansablemente que nadie tendrá tiempo, nunca más, para nada que no sea darse cuenta de que no tiene tiempo para nada. Me entran ganas de llorar, que contengo agarrándome con fuerza al ratón, entrando en Youtube, y visualizando por quinta vez esta semana el discurso de Steve Jobs en Stanford.

Una bookmark me susurra al oído que “vendrán días mejores, ya verás.”

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