La sonrisa de los madrileños

Posted on octubre 6, 2009

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Cuando Jean Nouvel construyó la torre Agbar en Barcelona el ayuntamiento le obligó a reducirla en altura. Ahora, en Nueva York, un proyecto de Nouvel vuelve a ser recortado para no superar así al mítico Empire State. Estos gestos son enormes. Demuestran que en ambas ciudades se ha comprendido muy bien que hay una cosa que se llama urbanismo, que viene a ser algo así como el “libro de identidad corporativa” de una ciudad. No basta con que un edificio, en singular, sea bello. Debe encajar en el plan urbanístico plural de la ciudad en la cual se construya. Ha de estar alineado con la marca que la ciudad es y será. Porque las ciudades son también marcas. Marcas que comunican unos valores y virtudes al resto del mundo. Marcas que se construyen a lo largo de los siglos.

Por ejemplo, no sé si Barcelona tiene un logo, pero lo que sí sé es que en el imaginario colectivo, cuando la mencionamos, aparecen  repetidamente algunos iconos y conceptos tales como diseño, mar, sol, modernismo, innovación o Gaudí. Son algunos de los “tags” de esta ciudad. Los que la identifican en la mente de miles de habitantes del planeta.

Río, en Brasil, me hace pensar en alegría, vida, samba, luz, pobreza…

Tokio me produce sensaciones tecnológicas, saturación, estética y distancia.

Chicago agua, modernidad, arquitectura y Obama.

Y Madrid… ¿qué pensamientos nos produce la marca “Madrid”? Ahora mismo, al pensar en ella, lo primero que me viene a la mente son las torres de la antigua ciudad deportiva del Real Madrid. Son tan enormes, desproporcionadas con todo lo anterior y desubicadas de cualquier contexto arquitectónico que las justifique en lo más mínimo, que han canibalizado gran parte de los iconos que definían a Madrid en nuestras mentes, posicionándose como un gran quiste de hormigón y cristal que no sabemos muy bien dónde colocar. Algo de tamaña trascendencia, ¿no debería haberse pensado un poco más? He vivido más de 17 años en Madrid, no muy lejos de la entrada Norte dónde se ubican las llamémosles “torres del demonio”, y me parecen un despropósito gigantesco. No lo entiendo. No logro asimilarlo. Se han perpetrado cuatro mamotretos que son visibles desde 80 kilómetros de distancia. Se ha alterado de manera dramática la imagen de la ciudad. Sus implicaciones de cara a lo que la ciudad es y será en el imaginario colectivo son tan profundas como si soterrásemos la diagonal en Barcelona o si construyéramos tres edificios que doblaran en altura al Empire State en Manhattan.

Curiosamente, no he leído ningún artículo en los medios mostrando preocupación al respecto. Es más, para completar el desaguisado, no muy lejos de allí ha aparecido el Obelisco de Caja de Madrid, cuyos colores dorados prometen grandes éxitos de la estética urbana. Como dice mi amigo Nando, con gran sabiduría castiza, “de entrada es feo de cojones, pero supongo que la gracia estará en que hará algo, ¿no?”. “Vamos, que sacará agua” continúa  “o luces, o gases. No sé. Pero sí, es feo de pelotas.”

Eso sí que es Madrid: los madrileños. Su carácter. Su sonrisa. Con ellos sí que se puede construir un marca ganadora, una historia seductora. Con la sonrisa de Nando o con el café de Oriente o con la estación de Atocha o con un templo traído piedra a piedra desde Egipto. Con todo eso sí que se ganan unos juegos olímpicos.

Con “torres del diablo” y “obeliscos infernales”, me temo (y espero) que no.

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