En memoria de una actriz desmemoriada

Posted on abril 19, 2010

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“Corriendo van por la vega, a las puertas de Granada,
hasta cuarenta corceles y el capitán que los manda (…)”

Así empezaba su poesía favorita. La que más veces y mejor recitó. Porque Carmen Martínez Montero recitaba de perlas. Una vez, en un centro médico de Madrid, una enfermera le preguntó a qué se dedicaba. Ella respondió que era actriz. Así, con contundencia: “Yo soy actriz” le dijo. En casa se comentó durante mucho tiempo esa anécdota. “¿Sabes que le ha dicho la abuela, hoy, a una enfermera?” contaba mi madre. “Cuando le ha preguntado a qué se dedicaba, ha respondido… ¡que ella era actriz!”. Y sonreíamos. Porque la abuela nunca había trabajado profesionalmente como actriz. Pero eso no significa que no fuera una Actriz.

Hoy, que ha muerto en Barcelona, no puedo dejar de imaginarla recitando esas poesías que no olvidaremos, contando historias sobre obras de teatro que hizo, jovencísima, en Albacete, o aprovechando un pequeño silencio en una cena para colocar un verso, una anécdota o un recitado. Sí, la abuela era una Actriz. A mi me llevó un tiempo aceptarlo. Darle el valor que merecía. Pero tenía un don. Tenía la capacidad de moldear su voz, mover las manos y elaborar su rostro para comunicar todo tipo de sensaciones y estados de ánimo. “Abuela, no pongas esa cara” le decías. “La que tengo” respondía. La que tengo. Entonces tenías que decirle que no, que era la expresión a lo que te referías. Pero ella ya había ganado. Sonreía. Y te desarmaba, porque la sonrisa de la abuela Carmen era muy bonita.

Solía contarnos que, de joven, era rubia, delgada y guapa. Y nos enseñaba fotos que reafirmaban su teoría. Creo que, en el pueblo, era una auténtica estrella. Tenía entre dos y seis pretendientes (dependiendo de las épocas) esperándola en la puerta y todo el mundo bailaba al son de sus aguas. Lo cierto es que siempre fue anchita, nunca fue rubia, pero era muy guapa. Tenía, además, una fantástica capacidad para la alegría. Lo cual no quita que no tuviera, también, su carácter. Era todo un personaje. Un ejemplo: cuando yo daba conciertos (hace ya un tiempo de eso) les había compuesto canciones a novias, ex novias, intentos de novia… pero no a ella. Me pidió que le hiciera una canción. Digamos que insistió mucho. Incluso se ofreció a escribirla ella misma (porque Carmen Martínez Montero también era poeta, pero esa es otra historia). Al final, por supuesto, tuvo su canción, “El rap de la abuela”. No sabéis como triunfaba en los conciertos. Todos mis amigos la adoraban. A ella. Porque resultaba entrañablemente simpática y graciosa.

Capítulo aparte merece su adorada crema de café Marie Brizard. Terminaba una comida, mi madre se despistaba un instante y ella te golpeaba la mano señalando al mueble bar. “¿Libamos un poco?” preguntaba. Volvía a sonreír. ¿Qué ibas a hacer tú? La respuesta ya la imagináis: le ponías una copita, te ponías a ti otra y te la tomabas mientras recitaba “El parque de Maria Luisa”. “Escuche usted amigo, ¿ha estado en Sevilla?”. Con acento andaluz y todo.

Paso a paso, día a día, durante sus 94 años de vida, la abuela Carmen hizo infinidad de cosas. Dijo que no a un tal Eliodoro (que, según ella, era un patán). Se enamoró del avi Pepe (el calvito). Se casó con él (aunque su madre no quería). Vio morir a su padre cayéndose de una tinaja. Vivió y superó una guerra. Tuvo una hija. Luego se mudó a Reus, casó a su hija, tuvo tres nietos y enterró al avi Pepe… Se mudó a Madrid, hizo amigas en Mirasierra, regresó a Barcelona y finalmente fue perdiendo las fuerzas y también la memoria sentada en una sillita de mimbre, mirando fotos antiguas, acompañada durante muchas horas por una chica extremadamente cariñosa llamada Yblin, venida de un continente más cálido que el nuestro para darle calor en sus últimos años de vida. Siempre, en todo momento, tuvo la gran suerte de tener a su lado a su hija única y al marido de su hija única, los cuales la cuidaron como a mi me gustaría, algún día, ser cuidado. Así hasta hoy, dieciséis de abril del año 2010, día que ha elegido para decirnos adiós.

No se me ocurre mejor manera de despedirla que con una sonrisa muy ancha, celebrando sus noventa y tantas primaveras, y recordando los versos finales de aquél poema de Zorrilla.

“Escuchóla en paz el moro, y manoseando su barba,
Dijo, como quien medita, en la mejilla una lágrima:
-Si tus castillos mejores que nuestros jardines son,
Si son más bellas tus flores, por ser tuyas, en León,
Si tú diste tus amores a alguno de tus guerreros,
Hurí del Edén, no llores; vete con tus caballeros.
Y dándole su caballo y la mitad de su guardia,
El capitán de los moros volvió en silencio la espalda.”

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